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Cómo utilizar recursos dramáticos para escribir una autobiografía exitosa

Escribir una autobiografía no es un trabajo fácil, indudablemente. Y esto no solo por la dificultad que conlleva la actividad de la escritura –que ya de por sí es una labor ardua-, sino por la necesidad que tiene dicho género de vincular estrechamente al lector con lo narrado y por ende de acudir a técnicas o recursos que hagan del relato un producto inusitado que tenga la suficiente potencia de cautivar al lector.


En nuestra experiencia como escritores por encargo y ghostwriter hemos descubierto varios trucos para lograr que un escrito donde se narra la vida de una persona resulte realmente atractivo y logre enganchar al lector desde la primera página.


Hoy queremos hablarle de uno de ellos: los recursos dramáticos, que si bien son elementos literarios que se utilizan en los guiones de películas de cine, principalmente, se pueden adaptar perfectamente a la redacción de una autobiografía.


Entre dichos recursos hay tres en particular que descuellan por su utilidad sumamente valiosa; ellos son:

  1. El arma de Chéjov

  2. El Red herring

  3. El MacGuffin

En las siguientes líneas definiremos cada uno de ellos, y le mostraremos a través de ejemplos cómo pueden ser usados a modo de técnicas narrativas al interior de una autobiografía.


1. El arma de Chéjov


Con este nombre se designan dos cosas: la primera es el consejo, dado por el dramaturgo y escritor Chéjov, de poner sobre un escenario solo aquello que será usado en algún momento de la representación teatral; y para esto proponía que, si un rifle se encontraba colgando en una pared, al final tendría que ser usado. De lo contrario no debería estar allí.


Con esto el escritor quería dar a entender que en una escena –pues la reflexión la hacía sobre las representaciones dramatúrgicas- solo debían estar elementos que tuvieran algún uso en determinado momento de la obra.


Ahora bien, el arma de Chéjov no se ha quedado en esa sola interpretación, ni tampoco limitado al ámbito teatral. Este ha pasado a ser un recurso valioso en otros ámbitos, como el de la literatura –aquí cabe incluir la autobiografía-; y su interpretación mucho más amplia y actual propone que, como estrategia narrativa, el autor de una obra introduzca objetos o personajes que serán clave en el desarrollo de la historia. Es decir, y haciendo uso del rifle del que habla Chéjov, si dicha arma está presente en la narración, lo adecuado sería que fuera usada más adelante por uno de los personajes, bien sea para dar un giro inesperado al relato o concluirlo de manera dramática y decisiva.


En coherencia con lo anterior, todo el que tenga como fin producir una autobiografía puede hacer, perfectamente, uso de aquel recurso, con el fin de proveerle a su relato el efecto que desee provocarle a su lector.


Por tanto, para que el autor logre usar adecuadamente el recurso es necesario que durante el desarrollo de su narración hable de personajes u objetos de poca significancia aparentemente, que se le presentan en una etapa temprana o media de su existencia, para luego –más avanzada la historia- hacerlos aparecer de nuevo y cuya presencia le dé un sentido especial a la vida del protagonista, o sea a la del autobiografiado.


Esto que se ha dicho hasta aquí se puede comprender con el siguiente ejemplo práctico, a modo de una escritura autobiográfica:


En mi vida siempre tuve en poco los obsequios que me dieron mis amigos y parientes. Nunca los consideré como gran cosa, a pesar del mucho afecto con que venían cargados. Incluso el dije que mi papá me dio días antes de morir me parecía una cosa superflua; y más teniendo en cuenta la relación tan difícil que tuve con aquel, el silencio que siempre imperó entre nosotros por años y el nulo apoyo para mis múltiples problemas (…).


Hasta allí lo relatado por el autor sobre un tiempo temprano de su vida. Lo que sigue pertenece a sus recuerdos de años después:


Viéndome, presa de la bancarrota, arruinado y sin un mísero peso, rabioso lancé contra el suelo lo primero que tuve a la mano: el dije regalado por mi padre tantos años atrás. Al romperse dejó libre un trozo de papel enrollado. Lo abrí. Allí mi padre se disculpaba por tantos años de descuido y me daba las indicaciones precisas para hallar un “regalo”. Dichas indicaciones me condujeron al patio trasero de mi casa paterna. Junto al árbol escarbé y allí

estaba: un cofre repleto de dinero, posiblemente los ahorros de toda la vida de papá. Era mi primer escalón para salir de la miseria. Una luz en medio de la oscuridad.


Con lo anterior se puede evidenciar de qué manera el dije, un objeto de poca valía para el narrador, en un determinado momento y ya cuando este se hallaba en un estado de miseria, tuvo una implicancia significativa en su vida; un simple colgante, del que nadie y mucho menos el lector esperaba nada, fue la salvación del autobiografiado.


2. Red herring


Según la leyenda, el arenque rojo (en inglés red herring) era un pez ahumado que utilizaban para pasarlo por el olfato de los sabuesos con el fin de comprobar si estos estaban lo suficientemente entrenados como para no dejarse distraer por el aroma del pez, y así seguir el rastro de su objetivo. Por supuesto, lo más corriente era que los canes terminaran sucumbiendo a la trampa que les tendía la fragancia ahumada y olvidaran su trabajo.


Es de ahí que se desprende la interpretación más aceptada sobre el origen del término, trasladándose del contexto del adiestramiento al de las producciones cinematográficas, escénicas y literarias.


Es principalmente en la literatura donde el Red herring cobra mayor relevancia a partir del género policíaco. Dado que, al igual que con el sabueso, este recurso funge como trampa o pista falsa al lector, y cuyo fin no es otro que el de desorientarlo, el de ofrecerle una interpretación falsa que en nada se corresponde con la verdad de los hechos.


Todo esto con el propósito de sorprender al lector –ya avanzada la historia- con acontecimientos o escenas inusitados que, debido a la confusión provocada a propósito en él, no adivinaba. Por ello, el género policíaco ha desarrollado como ningún otro este mecanismo literario, puesto que en él se ofrecen distintas versiones del crimen y de sus posibles perpetradores, ocasionando confusión y duda sobre lo realmente ocurrido.


En el género autobiográfico, el Red herring le es útil al escritor del libro en la misma línea que al literato policíaco: esconde a los ojos lectores una verdad tras un distractor, para después sorprenderlo súbitamente. De ahí que el escritor deba introducir personajes, objetos o acontecimientos que, en una determinada parte de la historia, hagan creer al lector de que un hecho sucedió de un modo preciso y no de otro.


Debe resultar convincente para que el engaño surta efecto, y para que la verdad –que solo conoce el autobiografiado- no sea aún conocida sino

hasta cuando este lo considere necesario.


Para que quede claro cómo se debe hacer esto, se propone el siguiente modelo:


Pasando entre los estantes de aquella tienda de mi barrio, paseaba mi vista por los distintos productos que allí se ofrecían. Carlos, mi amigo, iba a mi lado, sin adivinar mis intenciones. Apenas me detuve junto a la sección de las frutas, tomé cuatro manzanas que guardé rápido en mi bolso, mientras que mi amigo me miraba sorprendido. Lo hice sin importarme que aquello era concebido como un robo y sin darme cuenta de que una señora me

había visto. Una hora después, dicho suceso me atormentaba una y otra vez mientras esperaba a mis padres en la comisaría, sufriendo mi castigo (…)


Avanzada la historia, el narrador relata el siguiente episodio sucedido veinte años después de lo anterior:


Ya adultos, nos encontramos de nuevo Carlos y yo, después de tantísimos años. Al verlo recordé aquella tarde en que nos encontrábamos en esa tienda en que yo tomé las manzanas. Manzanas que devolví al instante, pues mi conciencia me acusaba. Cuando salimos de la tienda, el tendero me alcanzó junto con la señora que me había observado. Tomaron los dos bolsos, el

mío y el de mi amigo, que yo sostenía mientras él amarraba sus cordones. Las manzanas estaban en el suyo. Carlos las había tomado. Y yo, perplejo, para no perjudicarlo había decidido asumir la culpa y la vergüenza que me producía estar en la comisaría (…).


En el ejemplo anterior se evidencia que la aparente verdad de lo sucedido (el biografiado se robó las manzanas) no concuerda con lo que en verdad sucedió (su amigo había terminado por llevar a cabo el robo). Esto significa, nada más ni nada menos, que el engaño surte efecto, porque el escritor no revela en esa primera parte lo que en realidad ocurrió, sino que deja al lector con la certeza de que aquel cometió el robo, para luego sorprenderlo –en un episodio posterior- con la verdad de los hechos.


3. El MacGuffin


Acuñado por el cineasta Hitchcock, el nombre de este recurso designa todo objeto o personaje que propicia el progreso de una narración. No interesa la nimiedad de aquel; puede ser un simple documento sin importancia que el protagonista desea conseguir, pero que al final se revela como insignificante, y que, aun así, le ha permitido llegar hasta donde está; o un vagabundo que de repente surge sin aportar nada a la historia, pero que dice unas palabras que

inspiran al protagonista a realizar un acto importante.


En todo caso, lo que sí es relevante es que aquello o aquel sirva de excusa al desarrollo de la obra; si no lo logra fracasa como MacGuffin.


Este mecanismo narrativo opera igual sea cual sea el género artístico o literario. Y en el caso de la autobiografía no es distinto. Aquí lo que debe hacer el autobiografiado –siguiendo la lógica de lo expuesto anteriormente- es, simplemente, hacer aparecer en su escrito a alguien o algo que le haya servido de inspiración o de estímulo para un acto específico de su vida. En todo caso, que ello le sirva para hilar su historia y como excusa para darle continuidad.


Para ver cómo se aplica esto en detalle, le compartimos el siguiente ejemplo:


Mi perro había enfermado y me vi en la necesidad de llevarlo a una veterinaria. Allí me encontré con una médica que me cautivó. Mientras atendía a mi perro, tuve oportunidad de trabar conversación con ella. Para mi sorpresa, ella me correspondió. Hablamos largo rato de cosas importantes y triviales. Ya al despedirnos acordamos una cita para hablar más. Y así fue, seguimos frecuentándonos hasta que la relación terminó por tornarse cada vez más fuerte hasta el punto que ella se volvió parte importante de mi vida, y por tanto de esta historia (…).


Como bien se puede notar, el narrador se vale de su perro para hallar una mujer que será primordial en su vida y relevante en su historia. Poco importa si la mascota es un perro, un gato o cualquier otra especie; incluso no interesa si el animal carece de relevancia en sí mismo. De lo que no puede prescindir es, en este caso, de una excusa que lo lleve a visitar esa veterinaria en concreto y a hablar con aquella mujer.


Ya para finalizar, y vistos los tres recursos de los que se ha hablado, cabe anotar que al ser la autobiografía una obra de no ficción, los recursos deben estar basados en la realidad, por eso, es importante recordar historias, anécdotas, personas o elementos importantes en su vida, de manera que pueda incluirlos en la historia en forma de recursos dramáticos como los mencionados y darle más vida a su libro; si contrata a un escritor fantasma o escritor por encargo, este lo ayudará a convertir esas anéctodas y personas que de alguna manera fueron relevantes en su vida, en uno de los tres recursos dramáticos mencionados, de esta forma seguro su autobiografía será mucho más atractiva y dará de qué hablar entre la comunidad de lectores.


Recuerde que el escritor de su libro, sea usted o sea un ghostwriter, puede hacer uso de aquellos recursos en su escrito si lo que desea es imprimirle un carácter estilístico, que lo diferencie de otros escritos comunes y que resalte por su ingenio. En últimas, el éxito de una autobiografía depende de la sagacidad con que el autor sepa narrar su historia, resaltando hechos importantes que hagan despertar emociones en el lector, y en este punto los recursos dramáticos puestos al servicio de la literatura son una gran oportunidad de lograrlo.


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